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Todos los pueblos primitivos han utilizado en sus ceremonias diversos modos de personificación: máscaras, títeres, ornamentaciones con carácter mágico. El hombre prehistórico se servia así de muñecos para depositar fantasías que deseaba cumplir o para protegerse contra innumerables peligros.
Particularmente para el niño pequeño los títeres ejercen una fascinación irresistible con su sola presencia. Un bebé frente a un títere seguramente reaccionara dirigiendo su mirada hacia el personaje, con una sonrisa o con el cuerpo e intentará contactarse con él de algún modo.
Jugar con el bebé por medio de títeres es una experiencia creadora y enriquecedora tanto para los padres como para el pequeño que favorece el fortalecimiento del vínculo, la transmisión de afectos y una comunicación mutua de mensajes que van mucho mas allá de las palabras.
A través de la escenificación con títeres, el niño puede poner en práctica su creatividad e imaginación, desplegar toda su personalidad, y proyectar y tramitar situaciones cotidianas como el nacimiento de un hermanito, experiencias en el jardín de infantes, miedos y fantasías que le son difíciles de expresar. El ponerle cara a sus emociones le permite poder entenderlas con mayor facilidad ya que a través del juego el niño puede reunir experiencias u objetos de la realidad exterior y utilizarlas al servicio de sus propias necesidades.
Los títeres tienen el poder de “cobrar vida”, de escucharnos, de hablarnos, de hacernos reír y también llorar. Nos invitan a un mundo de fantasía donde todo es posible pero sobre todo donde nos es posible ser nosotros mismos.
“ Lo que hace que el individuo sienta que la vida vale la pena de vivirse, es más que ninguna otra cosa, la percepción creadora ”
D.W. Winnicott
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